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| Juan Pablo I | |||||||||
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| Epílogo |
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El asesinato de Luciani se produjo, pues, en un contexto internacional clave:
En América Latina, las dictaduras militares formadas en la Escuela de las Américas, desarrollaban su guerra antisubversiva de la mano de las iglesias de la ultraderecha católica. La jerarquía católica latinoamericana, imbuida de la Doctrina de Seguridad Nacional impulsada por el Pentágono, santificaba las andanzas represivas de las dictaduras fascistas nacidas por golpes de Estado militares.
Toda esa política del Vaticano fue avalada y consentida por Juan Pablo II, quien se prestó al exterminio militar del comunismo ateo en Europa del este y en América Latina. En esa persecución feroz fueron asesinados, entre otros, monseñor Oscar Romero en 1980 e Ignacio Ellacuría en 1989, éste junto a otros cinco jesuítas de la Universidad Centro Americana y dos mujeres.
El polaco Wojtyla era el hombre de confianza estadounidense en el Vaticano, el de la caverna cardenalicia, de la logia P2, de la mafia y de gladio. Marcinkus volvió a su puesto al frente del Banco Vaticano y comenzó a desviar ilegalmente millones de dólares del Banco, vía Banca Ambrosiana, a la financiación del sindicato polaco Solidaridad y los grupos nazis operativos tras el telón de acero.
El 28 de septiembre de 1981, aniversario del asesinato de Luciani, Wojtyla ascendió a Marcinkus a arzobispo y presidente de la Comisión Pontifical del Vaticano, un cargo de gobernador del Estado teocrático y, naturalmente, conservó su puesto como el jefe del Banco Vaticano.
Más medidas: ante las dificultades financieras causadas por la quiebra del Banco Amrosiano, el papa se puso en las manos del Opus Dei con sus conexiones en los Estados Unidos y España: Continental Illinois Bank, Banco Popular Español, Esfina, Banco Atlas, Bankunión, Fundación General Mediterránea, Rumasa, entre otros.
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