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Concluyendo, el cister en su camino a la reforma rompió con la práctica habitual de los cluniacences de recibir niños oblatos (además de adultos) pues simplemente no lo consideró oportuno para el tipo de monasterio al que apuntaba con miras a futuro. En los claustros cistercienses, contrariamente a lo que se acostumbrara en una época anterior donde la formación cultural, la educación, las copias de textos, lo que se ha dado a llamar el scriptorium cumplían tareas primordiales y formativas, no se enseñarían de ahora en mas las humanidades ni habría maestros a efectos de cultivar las letras.
Los ingresantes serían ahora hombres adultos con un pasado a sus espaldas y todos ellos buscadores de un tipo nuevo de escuela: la del servicio del Señor y la de la Caridad. Esta diferencia, fue la marca antagónica más notable entre los monasterios blancos en relación a los cluniacenses.
En ocasión en que San Bernardo llega a París y cosecha un rotundo fracaso en sus escuelas teológicas, se da perfecta cuenta de que él mismo está acostumbrado a tratar con hombres hechos y caballeros curtidos y no con estudiantes imberbes y bullangueros.
Pero llega Calixto al papado. Un hombre que hacía medio siglo que no había pisado un monasterio. Contrariamente a sus antecesores quienes habían sido cluniacenses o de otros monasterios similares, éste Pontífice se lanza a la tarea de rebajar la influencia de las instituciones monásticas. Calixto piensa que esos imperios benedictinos obstaculizan de algún modo el poder de los obispos, y entonces, la nueva iglesia que se intenta reconstruir en adelante estará basada en el episcopado.
Mientras los nobles, los caballeros de linaje, los clérigos cultos buscan un lugar en las emergentes ciudades con sus escuelas, catedrales, palacios y cortes, los cistercienses se sumergen en el universo de los bosques, de los trabajos, de la conversión a Dios y de la caridad para con todos.
Es esa afinidad con los hombres toscos y de armas, pero de firme voluntad al servicio de las nobles causas, lo que de alguna manera lleva a San Bernardo a apoyar a esa milicia en ciernes que sería luego la templaria. Y quien escribe, hermana templaria, cree que su firmeza a efectos de predicar la Cruzada, no sólo fue a instancias del papa de turno y su famoso “Dios lo quiere”, sino pensando asimismo en la noble tarea que estaba imponiendo sobre los hombros de los hombres una vez torpes e incultos a los cuales hubo dado acogida en sus claustros y dignificado mediante el trabajo fecundo y la oración.
Tenemos a un hombre proverbial a quien toda la Europa feudal reconocía como a una de las mentes más preclaras y brillantes al servicio de la cristiandad, apoyando con firmeza el ideal de la cruzada y poniendo su fe en aquellos que no tenían más nada que perder excepto ellos mismos. Es también cierto que el Santo hombre tenía dentro de esas milicias a familiares y nobles de su amistad, pero la esencia de la dignificación en lo que para él constituía la tarea más noble (aquella al servicio del Señor y de sus Santos Lugares) de tan magna empresa, estaba puesta en los guerreros sin destino.
Así, a través de casi doscientos años de epopeya templaria, vemos que van surgiendo órdenes militares un poco aquí y allá, preponderando en número las asentadas en la península ibérica. Bien al servicio de su señor feudal, de un ideal, de lo que constituyó su participación incesante en la lucha contra los moros invasores en la Iberia, ellas, estas órdenes, cumplieron un papel de relevancia.
Para no cansar al lector, no las nombraremos nada más que en su conjunto.
Pero los tiempos cambian y las políticas tienden a ser susceptibles de reformas de acuerdo a las necesidades imperantes de un período de tiempo determinado.
Así, si bien el Temple ya había sido destituido por el propio papa Clemente y por el rey Felipe IV, en España y Portugal las órdenes de caballería siguieron cumpliendo su rol hasta los mismos umbrales de la reconquista española.
La necesidad de un ejército nacional, que respondiera exclusivamente a sus monarcas y rechazara unánimemente a un posible invasor (en momentos de consolidación de Isabel de Castilla apodada “la católica” como soberana española) dio por finalizado el rol de las diferentes órdenes caballerescas y propició el nacimiento de una consolidación de las diferentes áreas sujetas de allí en mas a la corona, con la consiguiente pérdida de poder de los señoríos regionales.
Mary-Su Sarlat
Fuentes consultadas: Rev. Cistercium, El Cister y las Ordenes Militares. Historia Universal.
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