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La inequívoca toma de posición de San Bernardo a favor de la nueva milicia del Temple resonó en toda la cristiandad como un gran clarinazo de alistamiento, levantando oleadas de entusiasmo y provocando que muchos jóvenes caballeros acudieran a enrolarse a las filas templarias. Aquellos en vez que no se sentían motivados por los votos de obediencia, pobreza y castidad impuestos por dicha Orden, sucedió que se ofrecieron para la defensa de los lugares santos, por un tiempo limitado y en calidad de cruzados. Entre las nuevas vocaciones que respondieron al llamado del futuro santo, se encontraba su tío Andrés de Montbard, quien luego de ingresar a la Orden en 1129, partió inmediatamente para Palestina, donde en un primer momento se convertiría en Senescal y años después, de 1153 a 1156, llegaría a ser gran maestre de la misma.


Tío y sobrino, soldado y monje, estuvieron toda la vida estrechamente unidos por una amistad que rebasaba los límites de la sola familia, como lo demuestra una carta de Bernardo llena de cariño y exultante en expresiones de afecto, que nos habla del deseo de poder ver y abrazar a su tío antes de morir. Dice así:

Tu carta, que me enviaste recientemente, me encuentra postrado en el lecho; la recibí con mis manos tendidas; la leí con gusto, la releí con deleite, pero con mucho más gusto te hubiera visto a ti. Leí en ella el deseo que tienes de verme y leí también el temor que te embarga por el peligro de esa tierra, que el Señor honró con su presencia...Deseas verme y de mi voluntad, según tu dices, depende que el deseo se cumpla, pues solo esperas mi mandato para ello. Y qué quieres que te diga: Deseo que vengas y temo que vengas. Puesto así entre el querer y el temor, no sé qué elegir, lo que no satisface por igual a tus deseos y a los míos. No sé si atenerme a la gran opinión que reina acerca de ti, según la cuál eres necesario en esa tierra y que tu ausencia acarrearía no poca desolación. Así no sé qué mandarte, sin embargo deseo verte antes de morir; tu puedes mejor juzgar y calibrar, si puedes venir sin daño y sin escándalo de esas gentes...Una cosa te digo: si has de venir ven pronto, para que no vengas y ya no me encuentres, pues yo ya estoy acabado y creo que ya no me quedaré mucho en este mundo...Al maestre y a todos los hermanos templarios y a los del Hospital los saludamos a través de ti...”

 

Como era previsto por Bernardo, tío y sobrino no volverían a reencontrarse jamás, dado que el abad fallecería en su abadía poco después de escrita la carta precedente, incluso bien antes de que su tío fuese elegido quinto maestre general del Temple ése mismo año de 1153, sucediendo a Bernardo de Tremelay.


Al igual que incontables jóvenes caballeros se alistaron en la milicia templaria, o prometían participar en la defensa del Santo Sepulcro durante un tiempo determinado como cruzados, otros tantos que por su edad o condición no pudieron seguir esos caminos, se sintieron impulsados a contribuir a la misma empresa mediante la entrega de bienes y diversas heredades donadas a los templarios para que con sus productos se sostuviera a los hermanos de la cristiandad que luchaban en Palestina. De esta forma, en los años siguientes al apoyo de Bernardo al Temple con su De nova militia Christi y al concilio de Troyes, van a surgir centenares de encomiendas templarias en toda Francia, Flandes, Inglaterra, Escocia y en la Península Ibérica.


Concretando, la relación entre el Cister y el Temple pasa toda ella por la avasallante personalidad de San Bernardo en los años que éste había llegado a la cumbre de la fama y se había convertido en la voz de la Cristiandad, con un influjo en la sociedad europea superior al del propio pontífice de Roma.


Es enorme lo que el Temple debe a Bernardo de Claraval. Sin su considerable y poderosa ayuda, es probable que éste nunca hubiese pasado del grupo formado por los primeros nueve caballeros a cuya cabeza cabalgara Hugo de Payns. Es más, las cuantiosas donaciones recibidas difícilmente hubiesen tenido lugar, así también como los adherentes voluntarios a la Orden y a las cruzadas en general, pues es bien cierto que todo ello brotó de la exteriorización de la fuerza imbatible del aprendiz de Santo, cuál producto innegable de su llama interior.


No nos extenderemos sobre la historia que sobrevino a nuestros caballeros-monjes. Es harto conocida por todos nosotros y demasiadas elucubraciones se han tejido al respecto en calidad de colorido tapiz bordado de suposiciones.


Por ende, nos quedaremos con el sentimiento de su patrimonio guerrero y religioso a la vez, con sus lejanos caminos surcados por los pasos de una antigua caballería sudorosa y polvorienta, con los sufrimientos acaecidos lejos de casa y con sus drásticos votos surgidos del sentir cenobítico, ora tan idealistas como difíciles de asumir.


Demasiado les fue exigido, es justo que lo reconozcamos y su recompensa fue la hoguera.


Revisemos la historia pues, profundicémosla y dediquemos a todos aquellos que brindaron su vida por una causa Superior, nuestra mejor disposición para continuar construyendo la ruta hacia la Jerusalén Celeste.



Mary-Su Sarlat

 

 

 


(1) Fuentes consultadas: revista Cistercium, El Cister y la Fundación de la Orden del Temple, Gonzalo Martínez.